POV OSCAR
El aire de la calle se sentía como papel de lija contra mis pulmones recién salidos de la asepsia del hospital. Me picaba la piel, me temblaban las manos con un ritmo frenético que solo yo podía escuchar, como un tambor sordo que pedía a gritos ser silenciado. No era hambre, no era sed de agua; era la necesidad visceral de sentir el peso de una ficha entre los dedos y el calor abrasador del whisky quemándome la garganta hasta borrar el presente.
Caminé por las calles húmedas de Nueva York, esquivando las luces brillantes que me recordaban lo mucho que había caído. Mientras avanzaba hacia los barrios bajos, donde el lujo de la Quinta Avenida se convertía en callejones con olor a óxido, los recuerdos empezaron a asaltarme como fantasmas hambrientos.
Recordé a Mara. Mi Mara.
Hubo un tiempo, que ahora parece una vida robada, en el que todo era tranquilo. Recuerdo el olor a vainilla de su piel y la forma en que el sol entraba por la ventana de nuestra pequeña pero digna casa.