Elías no pudo conciliar el sueño. La imagen de Ariadna lo asaltaba, una y otra vez, con la ferocidad de una bestia herida. No era solo la obsesión que lo carcomía, era algo más. Un eco en su sangre, una resonancia que no entendía y que lo perturbaba más que cualquier amenaza externa. Se levantó de su escritorio y caminó hasta la ventana, observando el río de luces rojas y blancas que fluía por las calles de Florencia.
—¿Qué me hiciste, Ariadna? —susurró al aire, sintiendo el vacío de la habitac