Tres días después, Elizabeth seguía sin saber cómo mirarle a los ojos durante el desayuno.
No era que las cosas hubieran cambiado de forma dramática. No había ninguna conversación pendiente colgando del techo como una lámpara a punto de caer, ningún momento incómodo que ninguno de los dos supiera cómo nombrar. Era algo más sutil y, precisamente por eso, más difícil de ignorar.
Era que todo había cambiado sin cambiar nada.
Jonathan seguía siendo Jonathan. Llegaba antes que ella a la mesa, con el