Rodríguez llegó a las doce en punto con una carpeta gruesa bajo el brazo y una expresión que Elizabeth aprendió a leer en los primeros treinta segundos: la de alguien que trae malas noticias y ya ensayó tres veces cómo entregarlas para que dolieran lo menos posible.
No iba a funcionar.
Los tres se instalaron en el estudio. Jonathan detrás del escritorio, Rodríguez frente a él, Elizabeth a un lado con su libreta abierta y el bolígrafo listo, en el lugar exacto donde siempre se colocaba cuando qu