El trayecto de regreso a la mansión fue silencioso.
No era el silencio incómodo de dos personas que no tienen nada que decirse. Era el otro tipo de silencio, el que se instala cuando hay demasiado que decir y ninguno de los dos sabe por dónde empezar sin que todo se derrumbe.
Jonathan conducía. Había despedido al chofer esa mañana sin dar explicaciones, como hacía con todo lo que quería controlar personalmente. Las manos sobre el volante, la vista en la autopista, la mandíbula levemente tensa.