El Juzgado Familiar número doce de la Ciudad de México no era un lugar diseñado para las emociones. Era un espacio de mármol frío, fluorescentes implacables y silencio institucional que aplastaba a las personas hasta reducirlas a expedientes y números de caso.
Jonathan Berry entró por las puertas de cristal como si el edificio le perteneciera.
Detrás de él, Elizabeth caminaba con la espalda recta, con una mano dentro del bolso y la otra libre. Llevaba zapatillas planas, las únicas que cabían so