—¡Jonathan, entrega a mi hijo! —gritó Addison, lanzándose hacia él con los brazos abiertos y el rostro descompuesto, calculando cada gesto para las cámaras.
Jonathan no se movió. Ni un centímetro.
La dejó gritar. La dejó avanzar. La dejó construir su escena frente a los flashes y los micrófonos extendidos como lanzas. Y cuando Addison estuvo a menos de dos metros de él, Jonathan Berry simplemente metió las manos en los bolsillos de su traje oscuro y la miró con la misma expresión con la que mira