—Gracias, Elizabeth —respondió él, y esta vez no había rastro de la ironía o la arrogancia habitual. Su voz sonaba profunda y genuinamente agradecida—. Estaré en tu puerta a las siete en punto. Y... gracias por no dejarme solo en esto.
Elizabeth colgó antes de que él pudiera decir algo más que la hiciera arrepentirse. Miró el reloj; tenía poco tiempo para prepararse. Con cuidado, se puso uno de los pantalones nuevos y una de las blusas sencillas que había comprado; no eran de diseñador, pero le