Salió a las dos de la madrugada y la oí antes de verla: pies descalzos sobre el suelo, lentos y sin prisas, el andar de una mujer con el vino aún caliente en la sangre a quien ya no le importaba la arquitectura de sus movimientos; y luego dobló la esquina hacia la cocina y la miré y me quedé un momento.
Llevaba el pelo suelto y despeinado de esa forma tan característica que se le ponía cuando se había tumbado sobre él pensando demasiado, rojo y espeso, cayéndole sobre un hombro como si lo hubie