Emma se quedó mirando el contrato, atónita. Era lo último que esperaba. Él sería su dueño durante seis meses. Se había vendido a él de verdad. Un torbellino de emociones se arremolinaba en su interior. Daban vueltas a su alrededor, todas igual de intensas y exigentes. Por mucho que odiara esto, y a él, no tenía otra opción. Se libraría de su deuda con él, y además él había prometido pagar las facturas médicas de su padre.
Cogió la pluma estilográfica y firmó el documento.
«Toma esto», dijo él