Ya habían pasado varios días desde que James escapó. La noche se había instalado en mi habitación como un manto oscuro, y yo, después de ponerme mi pijama de gatos —porque, ¿quién puede resistirse a eso?— me hice el skincare con una determinación digna de una heroína de telenovela. "¡Hoy me voy a dormir radiante!", pensé, mientras aplicaba la mascarilla de aguacate que, según la etiqueta, prometía dejar la piel como la de un bebé.
Cuando finalmente me metí en la cama, me sentí tranquila, aun