María
No podía dejar de pensar en él. Dos días después de dejarme arrodillada, chorreando y desesperada, intenté todo para olvidarlo. Salí a correr. Limpié el apartamento hasta que me dolieron las manos. Incluso intenté llamar a una amiga pero colgué antes de que contestara. Nada funcionó. Cada vez que cerraba los ojos veía su polla gruesa deslizándose entre mis labios. Sentía su lengua en mi clítoris y oía su voz llamándome su agujero de preñación perfecto.
Esa noche rendí las armas. Me tumbé