María
Me desperté a la mañana siguiente con un dolor delicioso. Su semen seco me exfoliaba el muslo. Me besó el cuello y susurró que era hora de terminar lo que empezamos.
—Voy a llevarte a mi casa, María. Sin distracciones. Solo el rito. Solo tú y yo.
No discutí. Empaqué una maleta pequeña y lo dejé llevarme fuera de la ciudad. Apenas hablamos durante el trayecto, pero su mano se quedó en mi muslo todo el tiempo. Cada apretón me recordaba lo que venía. Mi coño seguía mojado solo de pensarlo.
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