SARAHMe desperté la mañana siguiente en la enorme cama del señor Blackwood, su brazo pesado alrededor de mi cintura y su mano descansando en mi vientre como si ya fuera dueño de lo que estaba creciendo dentro. Mi cuerpo dolía de la mejor y peor forma después de anoche. Su semen todavía se me escapaba por los muslos y empapaba las sábanas.Por un segundo sentí ese viejo pánico subiendo. Este hombre me había drogado, manipulado mi vida y convertido en su puta personal de cría. Debería huir. Llamar a la policía. Hacer algo.Pero cuando intenté escurrirme de la cama, su agarre se apretó. —¿A dónde vas, Sarah? —preguntó con esa voz grave y ronca por el sueño, pero ya hambrienta.Me giré y lo miré, el corazón latiéndome fuerte. —Tenemos que hablar. De verdad esta vez. Sin más juegos. Las pastillas, los vídeos, las otras chicas. No puedo fingir que esto es normal. ¿Qué pasa si alguien se entera? Recursos Humanos, la junta directiva… todo esto puede explotar.Se sentó, tirándome al regaz
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