Y justo en ese momento, una voz clara sonó detrás de ellos e interrumpió los pensamientos de Camila.
—Hernán.
Ella volteó por instinto y vio a una muchacha de peinado adorable, vestida con un vestido blanco, que caminaba hacia ellos con una ligera sonrisa.
Cuando se acercó, pareció notar apenas entonces la presencia de Camila.
Sonrió, miró a Hernán y dijo:
—Ella debe de ser tu prometida, ¿no? ¿Por qué no me la presentas?
Hernán apretó la mano de Camila y respondió con una sonrisa tenue:
—Sí, ella es Camila.
Luego miró a Camila.
—Ella es Jimena Téllez. La conocí cuando estuve en el extranjero.
Jimena le extendió la mano a Camila con una sonrisa.
—Mucho gusto.
Desde el instante en que Jimena apareció frente a ella, Camila sintió una incomodidad difícil de explicar.
Tal vez era intuición femenina.
Esa sensación indefinible hizo que aquella mujer no le agradara.
Pero por consideración a Hernán, aun así extendió la mano y se la estrechó a Jimena.
Sin embargo, apenas lo hizo, sintió un pinchazo agudo en la palma.
Por instinto, retiró la mano de inmediato.
El movimiento no fue brusco, pero Jimena actuó como si Camila la hubiera empujado con fuerza.
Retrocedió tambaleándose varios pasos y se torció el tobillo con los tacones.
Hernán se apresuró a avanzar y la sostuvo de inmediato.
—¿Estás bien?
Jimena se apresuró a contestar, aunque en ese momento sus ojos ya estaban llenos de lágrimas.
—Estoy bien. Desde niña sé que no soy alguien que le caiga bien a la gente. Eso siempre lo he tenido claro.
En cuanto dijo eso, Hernán frunció el ceño y miró a Camila.
—¿Qué te pasa?
En tres años de relación, era la primera vez que Camila veía en él una mirada así: fría y afilada.
Antes, sin importar si era sincero o fingido, al menos frente a Camila siempre la había protegido en todo.
Incluso con lo que acababa de pasar con Hugo, se podía decir que había llegado al extremo por defenderla.
Pero ahora, por esa Jimena, parecía que por primera vez no podía ocultar la frialdad en sus ojos.
En el instante en que se encontró con su mirada, Camila sintió que esos ojos eran como agujas que le atravesaban la vista y se le clavaban con fuerza en el corazón.
Le dolió tanto que, por un momento, hasta olvidó respirar.
Camila levantó la mano para demostrar su inocencia, pero tenía la palma completamente limpia.
Solo había un puntito rojo muy pequeño.
Se quedó inmóvil de golpe.
Sabía que, si en ese momento decía que ese puntito rojo se lo había hecho Jimena, que había retirado la mano porque le dolió demasiado y que no la había empujado, Hernán no le creería.
Incluso sonaría más como una acusación inventada.
Como si ella fuera tan mezquina que, apenas aparecía una amiga junto a Hernán, ya no pudiera tolerarla de ninguna manera.
El corazón le hervía de emociones, pero en ese instante aun así contuvo todo.
Con calma, miró a Jimena y dijo:
—Perdón, ¿estás bien? Justo vi pasar un insecto. Desde niña les tengo miedo, por eso retiré la mano. No pensé que eso te haría perder el equilibrio.
Mientras decía eso, sus ojos también se enrojecieron.
Luego levantó la mirada hacia Hernán con expresión dolida.
—Perdón. Me doy cuenta de que Jimena es muy importante para ti, pero de verdad no lo hice a propósito.
Solo entonces Hernán se dio cuenta de que su reacción había sido excesiva.
Se apresuró a decir:
—Mi niña, no digas tonterías. ¿Quién podría ser más importante que tú? Jimena acaba de volver del extranjero y, después de todo, es una invitada. Si saliera lastimada por algo que tú hiciste, no estaría bien, ¿verdad?
Al escuchar la forma en que Hernán le hablaba a Camila con tanta ternura, la mirada de Jimena se enfrió.
Aun así, sus palabras siguieron sonando generosas en todo momento.
—Hernán, no soy tan frágil. Cuando estábamos en el extranjero, nos tocó pasar por cosas mucho peores que esto. Ahora solo me torcí un poco el tobillo, no es nada. Voy a entrar a saludar a Matías y a los demás. Ya no los interrumpo más en su momento romántico.
Después de decir eso, Jimena caminó cojeando hacia el privado.
Camila se apresuró a decir:
—Se torció el tobillo. No podemos dejarla así. Hernán, mejor llévala al hospital para que la revisen. Después de todo, pudo haberse lastimado.
—No pasa nada. Ella puede con una torcedura así.
Hernán dijo eso y luego miró a Camila con seriedad.
—Ahora solo me preocupas tú. ¿Sigues molesta? Si de verdad te sientes incómoda, nos vamos, ¿sí?
Camila miró al hombre “considerado” frente a ella y dijo en voz baja:
—Que nunca logre integrarme a tu círculo de amigos debe ser bastante incómodo para ti, ¿no? Por ti puedo intentarlo otra vez. Tal vez, si convivo un poco más con ellos, todo mejore. Si Jimena puede hacerlo, supongo que yo también.
Apenas terminó de hablar, Hernán la atrajo de golpe a sus brazos.
—Mi amor, no tienes por qué compararte con Jimena. Ustedes son distintas. Ella tuvo que aprender a sobrevivir desde pequeña entre dificultades; aprendió a leer el ambiente y las expresiones de los demás para salir adelante. Pero tú creciste siendo la niña consentida de Jesús, y ahora eres la persona que más amo y más quiero proteger. Así que en esta vida no tienes por qué adaptarte a nadie ni complacer a nadie. Si no te llevas bien con ellos, no tienes por qué convivir con ellos. Yo voy a cuidarte y a consentirte. Nadie se atreverá a hablar mal de ti.
El tono de Hernán seguía siendo firme y profundo, pero en ese momento Camila ya no sintió ni un poco de emoción.
Solo tenía el pecho lleno de inquietud y rechazo.
No podía creer que en todo ese tiempo no hubiera notado que la persona de la que se había enamorado era tan falsa.
Ella no era calculadora, pero eso no significaba que fuera tonta.
En ese círculo, todos sabían medir a la gente según su valor.
¿Cómo no iba a darse cuenta?
Si Hernán de verdad la amara tanto, ¿cómo podría existir un círculo al que ella no lograra integrarse?
Esas personas habrían aprendido desde hacía mucho a ajustarse a sus gustos y, cada vez que ella apareciera, se habrían comportado de una manera que a ella le agradara.
La idealización del amor de juventud podía nublar de verdad la razón de una persona.
Si no hubiera escuchado aquella llamada con sus propios oídos, tal vez todavía estaría buscándole excusas a Hernán, justificando todo lo que hacía.
Durante esos tres años, ella siempre había pensado que el hecho de que Hernán hubiera podido regresar a su lado ya era un regalo del cielo.
Se sentía infinitamente agradecida, infinitamente satisfecha.
Soñaba con el futuro de los dos, con la felicidad que les pertenecería.
Pero Hernán había usado tres años para tejer una enorme red, esperando a que ella cayera dentro.
Luego, sin que ella se diera cuenta, iría cerrando poco a poco la salida, aguardando el momento en que ella no tuviera escapatoria, se derrumbara y empezara a luchar desesperada.
Y Hernán ni siquiera esperaba ese momento solo.
También había invitado a un grupo de espectadores para empujarla por completo a un abismo de humillación.
Al pensar que la persona a la que había amado con sinceridad estaba planeando algo así, Camila sintió un miedo y un dolor imposibles de describir.
Pero tenía muy claro que, si en ese momento dejaba ver alguna grieta antes de tiempo, solo aceleraría la venganza de Hernán.
Si las cosas llegaban a ese punto, Mónica seguramente solo le haría caso a él.
Así que tenía que aguantar. No podía permitir que esas emociones se le escaparan.
Pensando en eso, habló con voz un poco mimada:
—Hernán, eres muy bueno conmigo. Entonces vámonos, ¿sí?