La luz de la mañana se coló por la rendija de las cortinas y cayó sobre el rostro de Camila, haciéndola fruncir ligeramente el ceño.
Levantó una mano para cubrirse del sol.
Luego, al darse la vuelta, abrazó el vacío.
Solo entonces abrió los ojos, todavía desorientada.
En cuanto despertó, los recuerdos de la noche anterior volvieron a su mente.
Una dulzura difícil de describir le subió desde el fondo del pecho, y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios.
La noche anterior, Hernán, con quien llevaba tres años de relación, por fin le había propuesto matrimonio.
En medio de un amor intenso y desbordado, él la había estrechado entre sus brazos.
Hernán la vio temblar de pies a cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, y aun así la obligó una y otra vez a decirle que lo amaba.
Durante su relación, él siempre había sido dominante y caprichoso, pero a Camila eso no le desagradaba.
Cada vez que lo recordaba, no podía evitar sonrojarse y sentir que el corazón se le aceleraba.
Y en ese momento, lo que más hacía latir su corazón era aquella frase que Hernán le había susurrado al oído en medio del placer de la noche anterior.
—Camila, cásate conmigo, ¿sí?
En aquel instante, Camila lloró de emoción.
Hernán no sabía que ella llevaba tres años esperando esas palabras.
Se escondió bajo las cobijas y tardó un momento en contener la sonrisa.
Después se levantó con pereza y salió de la cama.
Pensó que Hernán, como de costumbre, seguramente ya estaría en la cocina preparando el desayuno.
Su intención era ir a buscarlo para hacerle algún berrinche cariñoso, pero apenas llegó a la puerta de la habitación, escuchó afuera la voz baja de Hernán.
Él estaba de pie junto a la ventana.
Camila no alcanzaba a verle el rostro, pero su voz fría y la voz al otro lado de la llamada, cargada de burla, llegaron con claridad hasta sus oídos.
—Hernán, para ti sería facilísimo embarazarla. Ella te ama tanto que, aunque no uses condón, de todos modos va a aceptar acostarse contigo.
—Y aquella sesión de fotos sensual... Nosotros pensamos que no iba a aceptar, pero bastó con que tú se lo pidieras para que dijera que sí de inmediato. Aunque, mientras más se entregue así, más emocionante va a ser cuando reciba ese gran regalo.
—¿Cuándo piensas soltar esas fotos? Todos estamos esperando.
Al escuchar las palabras vulgares del otro lado de la línea, Hernán respondió con indiferencia:
—¿Tú qué prisa tienes? Esas fotos solo tendrán gracia si salen en la fiesta de compromiso, frente a ella, su familia y sus amigos, ¿no crees?
—Sí. La verdad, sí tengo curiosidad por ver qué reacción tendrá Jesús Aguirre cuando vea el lado tan desvergonzado de su hija.
—Pues ya lo sabremos cuando llegue el momento.
Cuando Hernán dijo eso, su voz sonó terriblemente fría.
La mano de Camila, aferrada a la puerta de la habitación, se quedó rígida y helada.
No abrió la puerta ni salió.
Retrocedió dos pasos tambaleándose y cayó sentada de nuevo sobre la cama, con un zumbido en la cabeza.
No podía creer que esas palabras hubieran salido de la boca de Hernán.
Llevaban tres años juntos, y ella siempre había creído que se amaban.
Incluso después de escuchar todo aquello, seguía sin entender por qué estaba pasando eso.
Ellos habían crecido juntos desde niños y siempre habían sido muy cercanos.
Años atrás, cuando la familia García tuvo problemas, fue Jesús quien llevó a Hernán a Casa Aguirre y lo crió con todo cuidado.
¿Por qué Hernán le hacía algo así?
¿Qué le debía la familia Aguirre para que él se tomara tantas molestias en organizar una fiesta de compromiso solo para humillarlos?
La mente de Camila era un caos.
Seguía sin entender nada.
Entonces escuchó sus pasos afuera.
En ese momento no sabía cómo enfrentarlo, así que solo pudo meterse de nuevo bajo las cobijas y seguir fingiendo que dormía.
Los pasos de Hernán se volvieron mucho más lentos en cuanto entró a la habitación.
Al verla todavía dormida, soltó una risa suave y caminó hasta la cama.
Justo cuando Camila dudaba sobre cómo debía enfrentarlo, él, como siempre, le dio un beso en la frente.
El cuerpo de ella se tensó apenas. Los ojos se le enrojecieron sin poder evitarlo, y al final no resistió más y los abrió.
Hernán se inclinó y le rozó suavemente la punta de la nariz con los dedos.
Luego habló con ternura:
—Mi amor, ya es hora de levantarte.
El pecho de Camila se llenó de una amargura insoportable.
Pero tenía miedo de que Hernán lo notara, así que levantó la mano, se frotó los ojos y preguntó en voz baja:
—¿Por qué te levantaste tan temprano?
El tono de Hernán seguía siendo dulce.
—Hoy tenemos cita para ir a la prueba. ¿Se te olvidó?
Al ver sus ojos ligeramente rojos, se inclinó con lástima y le acarició la mejilla.
—¿Anoche nos pasamos? ¿Te cansé demasiado? Si quieres, podemos cambiar la cita para la prueba del vestido.
Las palabras ambiguas de Hernán llegaron a sus oídos.
Si hubiera sido antes, Camila ya habría levantado la mano para fingir que lo golpeaba mientras le hacía algún berrinche.
Pero en ese momento, tenía la cabeza llena de las escenas de la noche anterior.
Hernán lo había controlado todo.
Ahora sus pensamientos estaban hechos un desastre y sus recuerdos eran borrosos.
Ni siquiera estaba segura de si él había usado protección o no.
Un sudor frío le recorrió la espalda.
Bajo las cobijas, apretó los puños con fuerza y tuvo que contenerse durante un buen rato para no perder el control en ese instante.
No sabía por qué Hernán quería hacer algo así, pero después de escuchar lo que había dicho por celular, no se atrevía a apostar su matrimonio ni el honor de la familia Aguirre por una supuesta sinceridad de su parte.
Si todo el amor de esos tres años no había sido más que una actuación para vengarse de la familia Aguirre, entonces esa farsa también tenía que terminar en sus manos.
—No hace falta cambiar la cita. Nos costó mucho conseguirla. Espérame tantito, voy a cambiarme.
Camila apartó las cobijas, se levantó y caminó hacia el vestidor.
Su mente seguía hecha un caos, pero los pasos de Hernán ya venían detrás de ella.
No se atrevió a tardarse y sacó de prisa cualquier vestido del clóset.
Apenas terminó de ponérselo, Hernán empujó la puerta y entró.
La abrazó por detrás, le sujetó la cintura delgada con una mano y después la bajó poco a poco hasta posarla sobre su vientre.
Con la voz llena de cariño, dijo suavemente:
—Estás demasiado flaquita. No tienes nada de carne. Ni siquiera me imagino cómo te verías si llegaras a embarazarte.
Antes, él también solía decir cosas así, pero esta vez Camila se estremeció como si le hubieran dado un susto.
Se obligó a esbozar una sonrisa y lo empujó un poco mientras decía:
—Mejor vámonos ya. ¿No dijiste que ese diseñador era muy difícil de conseguir? No quiero que mi vestido de compromiso tenga ningún defecto.
Vio que Hernán le respondía con ternura y se daba la vuelta para salir.
En ese instante, la sonrisa en los ojos de Camila desapareció por completo.
***
Solo faltaban diez días para la fiesta de compromiso.
Tenía apenas diez días para averiguar qué estaba pasando en realidad.
Pero, fuera como fuera, no permitiría que ocurriera la escena que Hernán había descrito por celular.
En esos diez días, tenía que eliminar todo aquello que Hernán pudiera usar para controlarla.
Lo más importante eran aquella sesión de fotos sensual y el asunto de un posible embarazo.
Ese mismo día debía encontrar la oportunidad de apartar a Hernán y hacerse una revisión en el hospital.
Si Hernán quería hacerla quedar en ridículo en aquella fiesta de compromiso, entonces, llegado el momento, ella le devolvería la jugada.