Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 6: El precio del pulso
El tic-tac del reloj de pared en la suite presidencial parecía sincronizarse con el bombeo irregular del corazón de Emma Soler. Ya 5 am despierta, con el teléfono celular firmemente apretado entre las manos. El mensaje de texto de Oliver seguía allí, brillando en la pantalla como una sentencia inapelable: "Te espero mañana en mi oficina no arruines tu futura familia feliz". Nueve de la mañana. Esa era la hora en que el abismo volvería a abrirse bajo sus pies.A su lado, Jacob se removió entre las sábanas, murmurando algo incomprensible antes de acomodarse de nuevo, con el rostro relajado por el sueño. Emma lo miró con una mezcla de ternura y una culpa asfixiante que amenazaba con aplastarle el pecho. Le estaba ocultando la verdad al hombre que la había rescatado de la locura en los cafés de París, el hombre que la amaba con una pureza que ella temía corromper con los fantasmas de su pasado. Pero no había otra opción. Tenía que ir a la Corporación Rossi. Tenía que enfrentar a Oliver a solas, firmar los acuerdos de gestión que él exigía sobre su cincuenta por ciento de las acciones y asegurarse de que el acta de su antiguo matrimonio por contrato nunca saliera a la luz.
Con movimientos felinos, Emma se deslizó fuera de la cama, cuidando de no hacer el menor ruido. Caminó descalza hacia la habitación contigua, el pequeño santuario flotante que habían adecuado para Luna en la suite del hotel. Al abrir la puerta, el suave resplandor de una lámpara de noche con forma de estrella iluminó las facciones de la pequeña de cinco años. Luna dormía abrazada a su oso de felpa, con los rizos oscuros esparcidos sobre la almohada. Emma se acercó y se sentó en el borde del colchón, acariciándole la frente con delicadeza. Su piel se sentía un poco cálida, pero lo que realmente hizo que Emma contuviera el aliento fue la respiración de la niña. Era demasiado rápida. Demasiado superficial.
—Todo va a estar bien, mi amor —susurró Emma, convenciéndose más a sí misma que a la pequeña—. Mamá va a solucionar esto hoy. Nadie nos va a separar.
Emma regresó al dormitorio principal para vestirse. Eligió un traje de sastre color verde esmeralda, de cortes rectos y elegantes; una armadura de alta costura diseñada para infundir un respeto que por dentro no poseía. Se recogió el cabello en un moño alto, impecable, y se aplicó una capa de lápiz labial oscuro para ocultar la palidez de sus labios. Eran las ocho y quince de la mañana. Si salía ahora, llegaría al despacho principal de la corporación exactamente a las nueve, justo como Oliver lo había exigido.
Justo cuando tomaba su bolso de la mesa de noche, un sonido sordo y ahogado provino de la habitación de Luna. No era el llanto habitual de una pesadilla. Era un quejido ronco, un jadeo desesperado que hizo que a Emma se le congelara la sangre en las venas.
Dejó caer el bolso al suelo y corrió hacia el cuarto de la niña. Al encender la luz principal, la escena la golpeó con la fuerza de un impacto físico. Luna estaba semisentada en la cama, con las manos aferradas a su pequeño pecho. Sus labios, siempre rosados, mostraban un tinte azulado y aterrador bajo la iluminación fluorescente. Sus ojos oscuros estaban abiertos de par en par, llenos de un pánico absoluto mientras intentaba, en vano, arrastrar aire hacia sus pulmones.
—¡Emma! ¿Qué pasa? —la voz de Jacob resonó desde el pasillo. Alertado por el ruido, entró corriendo a la habitación, aún vistiendo su bata de seda. Al ver a la niña, su rostro adoptó la misma expresión de horror que el de su prometida.
—¡No puede respirar, Jacob! ¡No puede respirar! —gritó Emma, perdiendo por completo la compostura, la máscara de frialdad corporativa desmoronándose en un segundo—. Su pecho... mira su pecho, está latiendo demasiado rápido.
Jacob reaccionó con la rapidez de un hombre acostumbrado a mantener la cabeza fría en las peores crisis. Se acercó a la cama, tomó a Luna en sus brazos y la apegó a su torso. Al apoyar la palma de su mano sobre la espalda de la pequeña, pudo sentir la vibración violenta y errática de su caja torácica. Era como si un motor desbocado e inestable intentara romper los huesos de la niña desde el interior.
—Está entrando en shock cardiogénico —determinó Jacob, con la voz tensa pero firme—. No hay tiempo para esperar una ambulancia del hotel. Vamos a bajar directamente al auto. El hospital central está a menos de diez minutos. ¡Moverse, Emma!
Emma ni siquiera recordó el bolso, el teléfono que vibraba con insistencia sobre la mesa de noche, ni la reunión que representaba el futuro de su libertad. En ese microsegundo, Oliver Rossi, las acciones de la Corporación, el chantaje y el acta de matrimonio desaparecieron de su mente como si hubieran sido borrados por un borrador divino. Solo existía Luna. Solo existía el sonido espantoso de la lucha de su hija por sobrevivir.
El trayecto en el ascensor y el viaje por las calles de la ciudad bajo el remanente de la lluvia de la madrugada fueron un borrón de pánico y desesperación. Jacob conducía con una audacia temeraria, esquivando el tráfico matutino con una mano en el volante y la otra sosteniendo la mano helada de Emma, quien viajaba en el asiento trasero manteniendo a Luna en su regazo. La niña había comenzado a perder la lucidez; sus párpados pesaban y un sudor frío le perlaba la frente.
—Manténla despierta, Emma. No dejes que se duerma —ordenaba Jacob desde el frente, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas.
—Luna, mírame, mira a mamá —suplicaba Emma, las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas, arruinando el costoso maquillaje—. Quédate conmigo, mi vida. Ya casi llegamos. Por favor, Dios, ella no. Quítame todo, pero a ella no.
Cuando el auto frenó de golpe frente a las puertas de la sala de urgencias del Hospital Central, Jacob bajó antes de que las ruedas dejaran de girar. Tomó a Luna en sus brazos y entró empujando las puertas batientes de vidrio, gritando por ayuda médica. Un equipo de enfermeros y un médico de guardia acudieron de inmediato al ver el estado de cianosis de la pequeña, colocándola sobre una camilla de metal antes de que Emma pudiera procesar lo que ocurría.
—¡Tiene una frecuencia cardíaca por encima de los doscientos latidos por minuto! —gritó uno de los enfermeros mientras conectaba los electrodos al pequeño pecho de Luna—. ¡La saturación está cayendo por debajo del ochenta por ciento!
—¿Tiene antecedentes de asma o alergias severas? —preguntó el médico de guardia, mirando a Emma mientras empujaban la camilla hacia la sala de trauma de acceso restringido.
Emma caminaba a trompicones al lado de la camilla, negando con la cabeza, con la voz estrangulada por el llanto.
—No, no... ella no tiene asma. Hace unos meses en París tuvo un episodio de cansancio extremo, pero los médicos dijeron que era fatiga por el viaje... ¡Por favor, no la dejen morir!
—Señora, tiene que quedarse aquí —le indicó una enfermera de complexión fuerte, interponiéndose en su camino y deteniéndola justo antes del umbral de las puertas de doble ala—. No puede pasar a la zona de reanimación. Déjenos trabajar.
Las puertas se cerraron con un golpe seco, dejando a Emma y a Jacob en el frío y estéril pasillo de la sala de espera. El olor a desinfectante y el sonido constante de los monitores médicos creaban una atmósfera opresiva. Emma se dejó caer de rodillas sobre las baldosas blancas, cubriéndose el rostro con las manos, sollozando con una angustia que parecía arrancarle el alma del cuerpo. Jacob se arrodilló a su lado, envolviéndola en sus brazos, permitiendo que ella empapara la solapa de su abrigo con sus lágrimas.
—Ella va a estar bien, Emma. Los médicos aquí son los mejores del país —susurró Jacob, aunque sus propios ojos brillaban con una capa de humedad—. Luna es fuerte. Es una guerrera.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en el trigésimo piso de la torre de la Corporación Rossi, el ambiente era radicalmente distinto. El despacho principal era un monumento al minimalismo corporativo: paredes de cristal que daban una vista panorámica de la metrópolis, muebles de cuero negro y un silencio sepulcral que solo era roto por el sutil zumbido del aire acondicionado.
Oliver Rossi estaba de pie junto al ventanal, con una taza de café negro en la mano izquierda. Su esmoquin de la noche anterior había sido reemplazado por un impecable traje gris carbón de tres piezas, una corbata de seda oscura y el reloj de platino que marcaba exactamente las nueve y quince de la mañana. Su mandíbula estaba rígida y sus ojos grises, de una fijeza tormentosa, no se apartaban de la gran puerta de madera labrada de su oficina.
Nadie hacía esperar a Oliver Rossi. Nadie. Y mucho menos la mujer que se había marchado de su vida seis años atrás dejándolo sumido en el resentimiento.
Caminó hacia su escritorio de caoba y miró su teléfono personal. No había llamadas perdidas. No había mensajes. Soltó la taza de café con una brusquedad que hizo que el líquido oscuro salpicara el borde de la porcelana y presionó el botón del intercomunicador.







