Carmen nunca había estado en un lugar como este. El enorme salón de baile tenía una lámpara de araña de cristal que colgaba del centro como una colmena resplandeciente. La música clásica de piano llenaba el aire y los meseros llevaban bandejas de champán en copas de cristal.
—No te vayas a ningún lado. Quédate a mi lado —ordenó Bastian con frialdad. Sus ojos escudriñaban la sala constantemente.
—Sr. Mendoza, ¿a quién está buscando? —preguntó Carmen, cada vez más preocupada por su comportamiento