Grace
Apenas entré, me dejé caer en el sofá. Me dolía hasta el último músculo y, por primera vez esa mañana, sentí que al fin podía respirar y relajarme.
Al volver la cabeza, casi gemí. Liana y Lucas estaban arrodillados en el piso, a mi lado, con las caras demasiado cerca de la mía.
Liana sonrió, cómplice, como si hubiera descubierto el secreto más jugoso del siglo. Lucas, en cambio, me miraba con esos ojazos de cachorro que hacían imposible seguir molesta con él.
—Tía Grace —dijo Lucas—. ¿Ese