Grace
—¿Intenta desnudarme, señorita Grace? Porque, si es así, solo tiene que pedirlo, princesa.
Su voz grave resonó entre las paredes. Un escalofrío me recorrió la espalda. Abrí la boca para hablar, pero solo se me escapó un jadeo. Sus dientes acababan de darme un mordisco en el borde de la oreja, y un sentimiento de calor me bajó por el cuello hasta concentrarse en el vientre.
Dios, ni siquiera sabía por qué eso me excitaba tanto. O tal vez sí lo sabía y no quería admitirlo.
Para colmo, estaba