Apollo
—Lámelo.
Las palabras resonaron por todo el salón. Todos quedaron inmóviles. Nadie se atrevió a hablar ni a moverse por miedo a que decidiera ocuparme de ellos.
El muchacho arrodillado me miró, atónito. Le temblaban los labios y tenía los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que acababa de oírme decir.
—¿Q-qué...?
—No tartamudeé, ¿o sí? —Lo miré con dureza—. Creo que sabes hablar español. ¿O te cuesta entender una sola palabra?
Me miró, luego bajó la mirada al piso y negó despac