Grace
Me pegó... me pegó para proteger a ese tipo.
Me llevé la mano a la mejilla, paralizada. Me ardía la piel, pero eso ni siquiera era lo que más me dolía. Sentía que el dolor me sobrepasaba. Levanté los ojos y nuestras miradas se cruzaron. Abrió mucho los ojos, como si acabara de entender lo que había hecho.
—G-Grace... —dijo con la voz quebrada—. Yo...
Las lágrimas me nublaron la vista otra vez y ni siquiera intenté detenerlas. No sabía si lloraba por la cachetada o porque el hombre que más amaba en el mundo acababa de pegarme.
El hombre que solía abrirme la puerta del auto. Que me frotaba la espalda cuando me daban cólicos. Que una vez lloró cuando me intoxiqué por comer algo en mal estado porque no soportaba verme sufrir.
Ese mismo Charles acababa de pegarme para proteger a su amante. Retrocedí despacio, con la respiración entrecortada; sentía que no me alcanzaba el aire. Me temblaban las manos a los costados.
—Grace, por favor —dijo, y dio otro paso hacia mí—. No fue mi intención. Solo...
—¡No me toques! —grité.
Se sobresaltó y se quedó inmóvil, con la mano aún extendida hacia mí. Dio un paso atrás; la culpa se le notaba en la mirada.
Mark, o como diablos se llamara, se acercó por detrás y le puso una mano en la espalda.
—Tranquilo, Charles, sé que no fue tu intención. Eres demasiado bueno como para hacer algo así.
Se me apretó el pecho hasta dejarme sin aire. Los miré a los dos, ahí parados como si los ofendidos fueran ellos, como si yo hubiera irrumpido y arruinado su paz.
Dios, cómo dolía.
Dolía hasta el carajo.
Cerré los ojos un segundo, intentando recuperar el aliento para no desplomarme en el suelo. Cuando los abrí, Charles me miraba con lástima. Mark seguía con esa sonrisita engreída.
Tragué saliva, intentando deshacer el nudo en la garganta. La voz me salió baja, apenas audible.
—Solo tengo una pregunta para ti, Charles.
—¿Q-qué cosa?
—¿Te gustan las mujeres? —Se me quebró la voz—. ¿Te gusto?
Charles abrió la boca, pero antes de que pudiera hablar, Mark se metió con tono burlón.
—¿En serio importa?
No le hice caso y no aparté la vista de Charles. Él bajó la mirada y susurró:
—Lo siento.
Eso bastó para que lo entendiera. Era gay. El hombre con quien iba a casarme en unos días era jodidamente gay.
Se me aflojaron las rodillas otra vez.
—¿P-Por qué? ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué me ilusionaste? Si eres gay, ¿por qué fingiste que me amabas?
—Lo siento, Grace —repitió, como si eso pudiera reparar el daño que me había hecho. Como si eso explicara por qué el hombre en quien más confiaba se había vuelto el que más daño me había hecho.
—No —dije, con la voz endurecida—. No me vengas con disculpas. Solo responde la maldita pregunta.
—Sabes que nuestros padres quieren que nos casemos —dijo Charles de pronto, en voz baja—. Cuando los míos se enteraron de que... me gustaban los hombres, se pusieron furiosos. No querían un hijo gay. Querían que yo fuera normal. Me presionaron para que hiciera esto, Grace. Creían que el matrimonio lo arreglaría. Que tú lo arreglarías. No fue mi intención...
—Déjate de estupideces, Charles —lo interrumpí.
Se estremeció. Seguro nunca me había visto así. Con él siempre había sido la chica linda e inocente.
—¿De verdad crees que ahora voy a sentir lástima por ti? ¿Después de todo esto?
Volvió a abrir la boca, pero no lo dejé hablar.
—Me usaste. Solo fui una herramienta para ti, fui una coartada para tus padres. La noviecita perfecta para hacerte pasar por hombre. Y yo te amaba. Dios, te amaba a pesar de todo. Aunque a veces fueras frío. Aunque en la cama fueras distante. Pensé que era por el estrés, por el trabajo, por cualquier cosa menos esto. Pero jugaste... jugaste conmigo desde el principio.
Parpadeé para contener las lágrimas nuevas, furiosa de que siguieran brotando.
—Si me hubieras dicho la verdad cuando nos conocimos... lo habría entendido. Te habría ayudado. Pero en vez de eso, mentiste. Dejaste que me enamorara de ti. Me dejaste creer que teníamos algo real. No pongas a tus padres como los malos de la historia. Tú eres el que está mal. ¡No justifiques una traición con tu sexualidad!
—De verdad lo siento —dijo, sin levantar la vista del suelo.
Me limpié las lágrimas de un manotazo, con el dorso de la mano.
—Guárdatelo. No necesito tus disculpas.
Me temblaron los dedos al rozar el anillo que llevaba puesto. Era nuestro anillo de compromiso. Me acordé de la noche en que me lo dio. De cómo lloré, de cómo lo besé varias veces y prometí que jamás me lo quitaría. Y ahora estaba a punto de hacer lo que nunca imaginé.
Me lo quité despacio, como si al soltarlo se me arrancara algo más dentro de mí, y se lo arrojé a los pies.
—Lo nuestro se terminó, Charles —dije, con la voz vacía—. No quiero volver a saber nada de un canalla como tú ni de tu familia miserable.
Charles negó, incrédulo.
—No puedes hacer eso, Grace. Sé que estás enojada, pero esto... esto es un negocio. Lo sabes. Nuestras familias...
Se me escapó una risa seca.
—Un negocio.
Así que, para él, todo se reducía a eso. Yo no era más que un negocio.
—Bien, entonces me largo de tu bendito negocio. Búscate a otra que quiera mentir por ti. Yo ya no pienso seguir dejando que me uses.
Lo miré a los ojos y, por primera vez, vi miedo.
—Me das asco —susurré—. Me arrepiento de haberme enamorado de ti.
—Grace... —Parecía a punto de decir algo, pero no esperé a la siguiente mentira.
Me di la vuelta y me alejé, dejando atrás el anillo, la boda, la vida que creí que construíamos juntos y al hombre que nunca me amó.