El puente.
—De acuerdo —me conformo, aún incrédula—. ¿Y cómo sabes de Millicent?
Él me observa. Sus labios se curvan con ese gesto de ego intacto y rueda los ojos antes de responder.
—Mi cuarto dibujo —espeta, sacando una hoja y colocándola sobre la mesa como si se tratara esta vez del santo Grial.
Cuando poso la vista en el papel, una silueta borrosa flota en él, ascendiendo lentamente hacia lo que parece ser un puente suspendido.
Trago saliva y alzo la mirada,encontrándome con sus ojos.
—El don de su ab