Destino inevitable.
Estoy en la mansión, frente a los cuadros vacíos, pero algo no encaja, algo vibra en el aire como si la escena no estuviera completa, como si acabara de llegar tarde a algo que ya ocurrió.
Bajo de prisa y salgo disparada por la ventana, el impulso me arrastra, corro veloz hacia el Ferrari con el corazón latiendo demasiado fuerte.
Sam no está.
El corazón se me desborda, se me sube a la garganta, se me rompe en el pecho.
—¡Sam! —grito muy alto, mi voz temblorosa se quiebra en el aire, como si la