Cenizas.
Su sonrisa se curva cada vez más, estirándose hasta casi tocarle las sienes.
—Miren eso… la perrita y el lobito que se hizo jefe por estar con la perrita. Jajaja. Suerte, ¿eh? —escupe ella, apretando la antorcha, intentando infundir miedo en quienes ya no le temen a nada.
—¡Idiota! —ruge Sam—. Si vuelves a tocar a alguien, te voy a matar con mis propias manos.
Su voz estalla alta, brutal, tan poderosa que la oscuridad misma parece retroceder ante sus palabras.
Miranda permanece inmóvil, con la