El edificio de la corporación era una colmena de acero y cristal donde las individualidades solían morir en favor de la productividad. Sin embargo, para mí, el trayecto matutino tenía un nombre propio que no figuraba en ningún organigrama: Spencer.
Lo había visto decenas de veces por los pasillos de la planta doce. Él trabajaba en el departamento de arquitectura forense; yo, en leyes. Nunca habíamos cruzado una sola palabra, pero nuestras miradas se habían convertido en un campo de batalla sile