La madera de caoba de la mesa del comedor, esa misma mesa donde Sebastián presidía cenas aburridas hablando de acciones y dividendos, se sentía ahora como un altar de sacrificio. Aurora estaba sentada en el borde, con las piernas colgando y el encaje negro de su lencería contrastando con la superficie oscura y pulida. Damián no le dio tiempo a procesar la magnitud de lo que estaba ocurriendo; se movía con una urgencia que rayaba en la desesperación, como si temiera que el hechizo se rompiera en