La casa era demasiado grande para una sola persona, y esa noche el silencio pesaba más que los muebles de diseño. Aurora observó su reflejo en la copa de vino tinto; a sus veintiocho años, se sentía como una pieza de arte olvidada en una galería vacía. Llevaba puesto un conjunto de lencería de seda bajo su bata, un intento patético de reavivar una llama que su esposo, Sebastián, parecía haber extinguido meses atrás.Sebastián no llegaba. Otra "reunión de negocios", otro "vuelo retrasado". La realidad era que él la ignoraba con una elegancia cruel, tratándola más como un adorno de su estatus social que como a una mujer con necesidades, con piel, con hambre. Sus pechos, que antes él adoraba, ahora solo sentían el frío del encaje que nadie se molestaba en retirar.Un ruido en la puerta principal la sacó de sus pensamientos. Su corazón dio un vuelco, esperando que fuera su esposo, pero el paso era diferente. Más pesado, más seguro, más joven.Damián, el hermano menor de Sebastián, entró e
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