La mañana en la planta doce fue un ejercicio de actuación digno de un premio. Ver a Spencer en la reunión de presupuesto, con su traje gris marengo perfectamente planchado y su voz monótona explicando planos estructurales, me hacía cuestionar si lo del ascensor había sido una alucinación inducida por el calor. Pero cada vez que él movía sus manos sobre la mesa, yo recordaba la fuerza con la que me habían sujetado contra el metal, y un calor persistente se instalaba en la base de mi vientre.
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