Capítulo 52. El territorio enemigo
El estacionamiento subterráneo del juzgado familiar se sentía como una cripta de hormigón. El eco de los neumáticos contra el pavimento liso y el olor a gasolina mal quemada creaban una atmósfera claustrofóbica que hacía juego con el nudo que llevaba en la garganta. Víctor apagó el motor del todoterreno, pero sus manos permanecieron fijas en el volante por unos segundos, sus ojos escaneando el lugar a través de los espejos retrovisores con una fijeza casi depredadora.
—Estamos aquí, Rosa —dijo,