Capítulo 45. La grieta de la fortaleza
La calma en la finca, que antes me parecía un bálsamo, comenzó a sentirse distinta tras la partida de Federico. No era una paz real; era una tregua tensa. Los niños, aunque más tranquilos, empezaban a preguntar por sus rutinas, por sus amigos, por qué no podíamos volver a la ciudad. Yo, como arquitecta, sabía que una estructura no solo depende de sus muros, sino de los cimientos invisibles que sostienen la vida diaria. Y los cimientos de mi familia estaban fracturados.
Víctor se había vuelto un