En la habitacion en ese mismo momento...
Margaret estaba pálida, con las muñecas enrojecidas por las ataduras. Una sirvienta joven entró con una bandeja de desayuno. La mujer dejó el plato sobre la mesa, pero sus ojos se detuvieron en las marcas de las esposas.
—Incorporece para que desayune.
—No tengo hambre.
—Señorita… esta embarazada y delicada—murmuró con compasión, bajando la voz—. Deben dolerle mucho pero no sea tan terca. Si se porta bien el joven la dejará libre.
Margaret aprovechó esa