Las tres mujeres comenzaron a llorar.
Una de ellas temblaba tanto que la silla crujía.
—¡Por favor! —suplicó— ¡Solo seguimos órdenes!
Dante caminó lentamente hacia la mesa.
Tomó la jeringa que Marco había dejado allí.
La giró entre sus dedos. Sabía que eso podía matar a un elefante.
Luego levantó la mirada hacia ellas.
—Mi padre acaba de firmar su sentencia.
La mujer que había confesado empezó a llorar más fuerte.
—¡No queríamos hacerle daño al bebé!
Dante la miró.
—Intentaron matar