Narrador omnisciente
La celda olía a humedad y a rabia contenida. Rosalía se movía como un perro enjaulado entre las sombras: un empujón aquí, una pelea por una migaja allá. Las otras presas la respetaban y la temían en la medida justa; ella tenía una rabia que funcionaba como victoria. No era la primera vez que mostraba los dientes, ni sería la última.
Un guardia la llamó con desgano:
—¡Feldman! Alístate, tienes visita.
Rosalía alzó la cabeza, como si aquello fuera un chiste y, por un instan