El conde soltaba sus risas y comentarios irónicos con tanta ligereza, que Eva quería golpearlo a cada minuto con más intensidad.
—¿Acaso no estás feliz de verme? —le decía, guiñando un ojo, desde el suelo donde se hallaba inmovilizado. —¿Qué pretenden hacer conmigo?
—Nada, por ahora. —Seth no quería que estuviera allí, hablando con libertad. —Gale, llévatelo y enciérralo, al mediodía le llevaremos el almuerzo.
—Vaya, que considerados. —Felipe inspeccionaba todo a su alrededor con sumo detalle,