Sofía
Ese día, el sol pegaba tan fuerte que sentía que mi hábito se pegaba a mi piel como un sticker barato en la pared. Me encontraba en el puesto de las mermeladas, acomodando los frascos por colores como buena obsesiva, cuando vi que la gente empezaba a llegar como abejas al panal.
—Hermana, ¿me da una de fresa y una de mora? —preguntó una señora de cabello crespo, con un niño jalándole la falda.
—Claro que sí, señora —respondí con una sonrisa y manos temblorosas, mientras trataba de que no