No fue hasta que ya iban en carretera cuando Madison se enteró de que no era Sebastián quien llevaba el auto. Se puso nerviosa al ver la sonrisa del hombre que maneja con tranquilidad.
—¿Arnaldo? —preguntó, asombrada y volteando a ver el asiento de atrás en busca de su acompañante.
—¿Qué? ¿Pensaste que dejaría a mi esposa sola en casa y yo me divertiría con otra? Pues no, señora Ferreira. Su deber es estar a mi lado y disfrutar nuestra compañía. —declaró, tomándola de la mano.
—Pero… y Sebastiá