Todos los miraban con burla, incluso reían a carcajadas, siempre al pendiente de que el señor Ferreira y su nieto no aparecieran y les culparan del escándalo con ese par de locos.
—¡Guardias!, les ordeno que alejen de mi vista a este par de vividores. —Volvió a pedir, la mujer.
Mientras tanto, Arnaldo continuaba dando declaraciones, ahora en compañía de su abuelo, quien en voz baja le reprochó por no haber traído a la esposa. Puesto que, al no ver a la chica, pensó que la había dejado en casa.