Las tardes en Noosa habían sido benévolas durante la última semana. Cálidas, ligeras, con brisas que no interrumpían, sino acompañaban. Todos los días, al terminar sus actividades, Julie salía a caminar. Y casi por casualidad —o quizás no tanto— Matías siempre terminaba a su lado.
La amistad entre ellos había crecido sin aspavientos. No había gestos exagerados, ni confidencias descabelladas, pero sí un entendimiento suave, una comodidad que se notaba incluso en el silencio.
Sean lo sabía.
Lo ha