Aquel día, lo único que Sean era capaz de ver, tanto con los ojos abiertos como cerrados, eran los brillantes ojos azules de Julie mirándolo con asombro cuando le dio la noticia. Había esperado sentirse poderoso, satisfecho, incluso un poco vengativo. Pero no fue así.
No sintió orgullo. Ni superioridad. Solo un vacío incómodo que no supo cómo llenar.
Se suponía que debía ser un momento de triunfo. Mostrarle a Julie que ya no era el muchacho de la plantación, que había construido un imperio con