CAPÍTULO 20. Risas antes de la tormenta
Un mes encerrada en la misma habitación. Cuatro paredes blancas, la misma ventana con la misma vista, los mismos pasos que entran y salen a horas marcadas. Si antes se sentía ahogada, atrapada en una jaula invisible, ahora el encierro era literal. Un castigo envuelto en cuidados silenciosos y rutinas asépticas.
Alejandro no había entrado ni una sola vez. No desde el hospital. Todo había quedado en manos de las enfermeras, dos mujeres correctas, puntuales, dedicadas… y distantes. Hacían su traba