Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Cassandra
El pitido del móvil casi me mata del susto. Las risas de ellos se cortaron de golpe.
—Hay alguien ahí —susurró Aurelia, fingiendo sorpresa como si no me hubiera visto hace dos minutos.
Pasos que se acercaban.
Antes de que me diera un infarto, agarré el móvil, los tacones rotos y salí corriendo. Jamás pensé que se pudiera correr tan rápido con un tacón partido.
Tropecé otra vez, claro. Todo lo que había estado conteniendo se me vino encima de golpe. Una lágrima solitaria me bajó por la mejilla y noté la garganta que se me cerraba. Abrí la boca… y no salió ni un sonido, ni siquiera un gemido.
Años juntos. Años planeando una vida entera. Él me lo había prometido, joder… ¿por qué?
—No… —susurré al fin, negando con la cabeza—. No puede ser. Me habré equivocado, habré oído mal…
«¡Levántate, Cassandra!», me gritó mi propia cabeza. Con las pocas fuerzas que me quedaban me puse de pie y corrí, tambaleándome, hacia la salida.
Tenía que alejarme de él. Alejarme antes de que viera lo rota que estaba.
Empujé la puerta y salí. El corazón me iba a mil, muerta de miedo de que me descubrieran. Debería haberles plantado cara, lo sé, pero no quería que vieran cómo me deshacía. La sonrisa de vencedora de Aurelia se me había grabado a fuego.
¿En qué momento la había cagado tanto? Siempre había sido mi hermanita dulce…
La pista seguía siendo un caos total. Alguien me chocó, perdí el equilibrio y el otro tacón se fue a la m****a.
—¡Ay! —grité mientras caía de bruces… directo contra alguien.
Justo en ese momento se abrió la puerta del pasillo. Giré como un resorte y abracé al pobre desconocido como si me fuera la vida en ello.
«¿Qué coño estás haciendo?», me chilló la cabeza. ¿De verdad me estaba escondiendo detrás de un tío cualquiera? ¿Sinclair no tenía miedo de que lo pillaran?
Pum. Pum. El corazón se me fue calmando poco a poco. Tenía la cara hundida en su pecho. Olía… joder, olía increíble. Una mezcla exótica de especias y flores salvajes.
No debería saber cómo olía, pero ahí estaba yo, oliéndolo como una loca. Esto está mal, pensé. ¿Y qué? ¿Acaso a Sinclair le importaba algo mientras se tiraba a mi hermana? Su perfume era caro, pero no como el de Sinclair (ese que siempre me aceleraba el pulso. Este era… tranquilo. Como si pudiera borrar los temblores de mi pecho.
—¿Ya terminaste de olerme? Tu “problema” ya se fue —dijo una voz grave y burlona que me puso la piel de gallina.
El corazón me dio un vuelco.
—…Señorita futura novia —añadió con retintín.
Giré la cabeza como un resorte: la puerta seguía entreabierta. Y justo ahí estaban Sinclair y Aurelia a punto de salir.
¡Mierda!
Me encogí otra vez contra su pecho. El muy cabrón soltó una carcajada baja y profunda que me vibró en todo el cuerpo. Se estaba partiendo de risa, y cada risa era como una puñalada.
Pero, no sé por qué, esa risa estúpida me aclaró un poco la cabeza. Le pellizqué el pezón con ganas de borrarle la sonrisita. Soltó un «¡joder!» entre dientes.
Me sentí la reina del mundo y lo miré con cara de «toma ya».
La música se apagó un segundo, nos miramos y… madre mía. Sus ojos eran tan oscuros que parecían un pozo sin fondo. Me quedé pillada. ¿Por qué de repente me acordé de los ojos azul oscuro de Sinclair?
—Ya se fueron, ya puedes soltar —dijo, rompiendo el hechizo.
Parpadeé, miré la puerta (cerrada) y no había rastro de la parejita feliz.
—¿Tan guapo soy que no puedes soltarme? —volvió a la carga el muy creído.
Puse cara de asco.
—Ni en tus sueños —bufé, apartándome y carraspeando para recuperar la compostura—. Perdona por lo de antes, eh… estaba en un apuro. Te compenso lo que haga falta, de verdad.
Él soltó una risita sarcástica.
—¿«Te compenso lo que haga falta»? Como si pudieras permitirte pagar los desperfectos, princesita.
A ver, no soy la heredera más rica de la ciudad, pero vengo de buena familia y mi (ex) prometido es uno de los herederos con más futuro. Me dolió el desprecio.
Entrecerre los ojos. A este tío no lo había visto en mi vida, y eso que conozco a casi todos los ricos de por aquí. Era guapísimo, eso sí, finales de los veinte como mucho. Dos opciones: o era modelo/cantante famoso o gigoló de lujo. Con esa actitud, gigoló 100 %.
Saqué la tarjeta black que me había dado Sinclair, harta de que un puto gigoló me mirara por encima del hombro.
—¿Cuánto vales? Porque no eres ni el más caro de este club. Te pago la noche entera si hace falta.
Sí, iba a usar la pasta del cabrón infiel. Era la única venganza que una gallina como yo se podía permitir.
Me arrebató la tarjeta a la velocidad del rayo. Miró el apellido Von Duvall y una sonrisa torcida le cruzó la cara.
—¿Entonces crees que soy un gigoló y estás dispuesta a pagarme con esta tarjeta?
—Límpiala entera si quieres. Quedamos en paz —dije sin pensarlo dos veces.
Se le iluminó la cara de mala leche.
—¿Segura? Una vez que pague, no hay marcha atrás.
Le hice un gesto con la mano.
—¿Me ves cara de estar de coña? El pin es 1997. Adelante.
—dije sin pestañear.
—Trato hecho —sonrió como el gato que se comió al canario.
Perfecto. Hora de largarme de este antro, meterme en la cama y llorar hasta quedarme sin lágrimas por no haberle partido la cara a Sinclair. Mañana íbamos a casarnos y él se había follado a mi hermana pequeña esta noche. Genial.
De repente me agarró de la muñeca y empezó a tirar de mí.
—¿Qué coño haces? ¿No te llega con la pasta? —me asusté, pensando que igual quería secuestrarme o algo peor.
Ni caso. Subió las escaleras hacia la zona del bar de la galería, más tranquila. Nadie lo detuvo, obviamente.
Se paró de golpe y me estampré contra su espalda. Joder, estaba durísimo.
—¿Qué narices…? —empecé a protestar.
—Dos mai tais —le pasó mi tarjeta al camarero y por fin me soltó la muñeca.
—Has pagado por mis «servicios», señora. ¿Te rajas ahora, «señorita futura novia», o eres una gallinita asustada? —me pinchó con esa sonrisa de m****a.
—¿O eres tú la gallinita? —repetí yo, mosqueada.
—¿Eso dice la que se abraza a un desconocido para esconderse? —me estaba tocando las narices y lo estaba consiguiendo.
El camarero dejó dos copas heladas. Rápido el tío. Él se sentó en un taburete, me pasó una copa y dio un sorbo tranquilo.
Miré la copa, luego a él. La luz tenue le marcaba los pómulos perfectos.
Era tentador, el muy cabrón.
«Querida Cassie es demasiado tiesa y cobarde. Soy el único que querría a alguien como ella. A veces tengo que imaginarte a ti para que se me ponga dura solo para follármela.»
Las palabras de Sinclair me taladraron la cabeza.
Yo no era cobarde.
Sonreí con mala leche, me senté a su lado, agarré la copa y me la bebí de un trago.
—Me llamo Cassandra. No «señorita futura novia» —dije limpiándome la boca con el dorso de la mano.
Y así, sin más, hice la cosa más loca y más liberadora de toda mi vida.
A la m****a los dos. ¿Quién era la cobarde ahora?







