Despertar entre sus brazos debería ser suficiente para calmar mi tormenta. Su respiración acompasada, su mano descansando sobre mi cadera, su pecho tibio contra mi espalda. Por unos segundos me obligo a fingir que todo está bien. Que ese hombre al que le entregué mi alma no es un verdugo disfrazado de amante. Nos quedamos así un rato, sin hablar, envueltos en un silencio cómplice que se rompe solo cuando sus labios bajan por mi cuello y me hacen jadear su nombre. Hacemos el amor en la ducha, rá