La mansión huele a pólvora y sangre seca. La luz de la mañana apenas logra colarse entre los restos de las ventanas rotas. El suelo está cubierto de escombros, casquillos de bala y rastros del caos de la noche anterior.
Estoy sentada en el borde del sofá, las rodillas juntas, los brazos cruzados sobre mi pecho. Mi corazón sigue latiendo con fuerza, aunque el peligro inmediato ha pasado. No puedo borrar la imagen de los cuerpos en el suelo, de la expresión satisfecha de Liam antes de desaparecer