Ray se ha ido. Solo queda el hombre pelirrojo, el que acompañaba al que ahora yace muerto en un charco de su propia sangre. La escena es sofocante. No sé cómo sentirme rodeada de tantas armas. Me incomodan, pero al mismo tiempo me hacen sentir protegida. Es una sensación extraña, contradictoria.
Mis manos se aferran con fuerza a la camisa de Damon. Él me observa un instante con algo parecido a la compasión, pero su expresión se endurece enseguida.
—Ya estás a salvo, no tengas miedo —dice.
Niego