No pierda a su esposa.
Jason Russel cerró la puerta de la suite con más calma de la que sentía con el teléfono vibrándole en la mano y una sola certeza golpeándole el pecho.
Había cruzado una línea.
No cuando le propuso matrimonio.
Ni siquiera cuando la vio firmar con la mirada nublada de alcohol y una confianza equivocada en que todo aquello era una locura inofensiva de Las Vegas.
La cruzó cuando, al llegar a la suite, mientras ella reía entre sueños y se dejaba caer sobre la cama con el vestido arrugado, él sacó el