El humo de los cigarros cubanos flotaba como un fantasma sobre la mesa de billar en el sótano de la villa, un espacio que funcionaba como el verdadero corazón del poder de los Moretti. Arriba, en la casa, Vittoria lloraba en su habitación; aquí abajo, su destino se pesaba en balanza junto con los cargamentos de heroína y los derechos portuarios.
Donato, el más corpulento de los capos, lanzó una bola roja con una fuerza innecesaria. El estruendo del impacto resonó contra las paredes de piedra.
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