—Hace frío —dijo, ajustándola con cuidado—. No quiero que tengas una recaída.
Sus dedos rozaron mi mejilla, y algo en mi pecho se encogió.
Sin soltar mi mano, me condujo hasta su automóvil.
Dentro, el silencio cayó como una manta espesa. Encendió la calefacción y el aire cálido empezó a llenar el espacio. Mis pulmones lo agradecieron, y por un momento, todo se redujo a eso: el sonido del motor, su respiración tranquila, y mis nervios intentando recordar cómo comportarse.
Él conducía con una con