—Hace frío —dijo, ajustándola con cuidado—. No quiero que tengas una recaída.
Sus dedos rozaron mi mejilla, y algo en mi pecho se encogió.
Sin soltar mi mano, me condujo hasta su automóvil.
Dentro, el silencio cayó como una manta espesa. Encendió la calefacción y el aire cálido empezó a llenar el espacio. Mis pulmones lo agradecieron, y por un momento, todo se redujo a eso: el sonido del motor, su respiración tranquila, y mis nervios intentando recordar cómo comportarse.
Él conducía con una concentración casi hipnótica, la mandíbula relajada, el ceño apenas fruncido. Ya no parecía tan molesto. Así que, con algo de suerte, mi plan vergonzosamente calculado para ablandarlo estaba funcionando.
Tomé aire.
—Aleksander mencionó que ellos no pasaron tanto tiempo con ustedes de pequeños. —Lo miré de reojo—. ¿Por qué?
Tardó unos segundos en responder.
—Porque su padre es de Grecia. Su territorio está allá, es el jefe, así que por más que mi tía quisiera que crecieran junto a nosotros, no era p