CAPÍTULO 72

—Hace frío —dijo, ajustándola con cuidado—. No quiero que tengas una recaída.

Sus dedos rozaron mi mejilla, y algo en mi pecho se encogió.

Sin soltar mi mano, me condujo hasta su automóvil.

Dentro, el silencio cayó como una manta espesa. Encendió la calefacción y el aire cálido empezó a llenar el espacio. Mis pulmones lo agradecieron, y por un momento, todo se redujo a eso: el sonido del motor, su respiración tranquila, y mis nervios intentando recordar cómo comportarse.

Él conducía con una con
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