POV ALEKSEY ROMANOV
La vi marcharse.
Su silueta se desdibujó por el pasillo, con ese andar delicado y elegante que me había condenado desde el primer momento. Tenía las mejillas encendidas, los ojos vibrantes, y ese temblor en los labios que aún me ardía en la memoria.
No debí tocarla.
No debí hablar.
No debí desearla tanto.
Pero lo hice.
Y su "no" —ese maldito “no” — me seguía resonando como un disparo directo al pecho.
Me pasé una mano por el rostro, apretando el puente de la nariz. Una presión sofocante comenzaba a formarse detrás de mis ojos, como si el corazón estuviera subiendo a través del cráneo para estallar en forma de culpa, de rabia, de frustración… y de algo más.
Un impulso.
Una advertencia sorda que me gritaba que debía ir tras ella. Que algo no estaba bien. Que no debía dejarla sola.
Pero no me moví.
El teléfono vibró con fuerza dentro del bolsillo de mi saco. Maldije por lo bajo antes de contestar.
—¿Qué? —gruñí.
La voz al otro lado me hizo alzar la cabeza, tenso.
—Cap