POV ALEKSEY ROMANOV
La vi marcharse.
Su silueta se desdibujó por el pasillo, con ese andar delicado y elegante que me había condenado desde el primer momento. Tenía las mejillas encendidas, los ojos vibrantes, y ese temblor en los labios que aún me ardía en la memoria.
No debí tocarla.
No debí hablar.
No debí desearla tanto.
Pero lo hice.
Y su "no" —ese maldito “no” — me seguía resonando como un disparo directo al pecho.
Me pasé una mano por el rostro, apretando el puente de la nariz. Una presi