POV VITTORIA ROMANOVA
Cuando bajé a desayunar, el comedor estaba vacío, algo que, aunque debería haber esperado, no dejó de provocarme un pequeño nudo en el pecho. Me senté sola en la enorme mesa, sintiéndome diminuta en ese espacio tan frío y silencioso, y desayuné despacio, repasando mentalmente la lista de cosas que aún necesitaba comprar para terminar de acondicionar la casa.
Cuando terminé, me abotoné bien el abrigo, asegurándome de que la bufanda cubriera mi cuello y gran parte del rostro. El frío en Rusia era distinto, no solo helaba la piel, también se colaba por los huesos como si intentara congelarte desde dentro.
Salí hacia el vestíbulo, pero al poner un pie fuera me di cuenta de que había algo que todavía no entendía. La dinámica aquí era diferente a todo lo que conocía.
Nunca me habían presentado formalmente a las personas que se suponía debían protegerme; de hecho, ni siquiera estaba segura de tener guardaespaldas asignados. No sabía si podía simplemente caminar hasta el